La mentira de separar por niveles
24-02-2016

“Los grupos de nivel solo funcionan para los mejores. Más que facilitar el éxito, es un sistema que enquista, un camino sin salida para los alumnos con más dificultades”. Es la conclusión a la que llega la periodista Milagros Pérez Oliva en su artículo publicado el pasado domingo en El País bajo el título Segregados en el aula. Este problema pedagógico no es fácil de abordar, debido a las múltiples experiencias que hay en el mundo docente y también en aquellas actividades en las que a los pequeños se les separa por niveles de aprendizaje o de conocimiento con el objetivo de agruparlos y de sacarles el máximo potencial. El fútbol es una de ellas, y así las letras A, B, C o D representan un estigma.

 

En el artículo, Pérez Oliva cita a Pilar Urgidos, directora de una escuela pública, y Javier Díaz-Palomar, que se dedica a esta investigación académica en la Universidad de Barcelona. Ambos coinciden en señalar que “hemos constatado que la segregación por niveles no conduce en la mayoría de los casos al éxito, como se pretende, sino al fracaso o al abandono temprano de la actividad”. Incluso, van más allá, y reiteran que este tipo de separación “solo funciona para los mejores” y que de ahí se explica el abandono prematuro en las escuelas (alcanza el 30 por ciento). Trasladado al fútbol, háganse también esta pregunta. ¿Cuántos niños que comienzan en su club de futbol llegan a edad cadete o juvenil?

 

La separación por niveles, y salvo contadas excepciones, multiplica el rendimiento de los equipos de más aptitud pero ayuda a disminuir el del resto y a generar desmotivación en los jugadores con más dificultades para el aprendizaje. El foco se pone en el rendimiento colectivo y no en la mejora individual, tanto futbolística como personalmente, por lo que se prioriza siempre la obtención de resultados que el proceso que deben seguir los jugadores para aprender el juego y todo lo que se deriva de él a una edad formativa. La competitividad respeta nuestro sistema de valores, pero también genera una presión en el jugador en plena construcción de su personalidad y de su carácter.

 

El artículo aboga por reunir lo que llaman “grupos interactivos”, con el objetivo de cambiar los entornos de aprendizaje para que se consigan transformar a los menores y dotarlos de una base deportiva más sólida. Entiendo que aquí radica el conflicto y estaría bien analizar el objetivo de nuestra entidad deportiva. Un club de fútbol cuyo objetivo prioritario sea el de formar jugadores de Primera División o de un nivel elevado, vería bien clasificar a sus jugadores por niveles porque se favorece a los mejores, que serán aquellos elegidos para esta profesión. No obstante, este tipo de clubes ya acostumbran a seleccionar a sus jugadores, a limitar el acceso a su club, por lo que esta problemática no surge ya que forma parte de su ADN esta manera de trabajar. No hay niveles porque el de todos es elevado.

 

Pero pongámonos en la piel del club de barrio o de pueblo, cuyo objetivo es educar/formar  en la cultura deportiva a sus vecinos. ¿Tiene sentido hacer equipos por niveles a edades tempranas (6 a 14 años) con el objetivo de ganar, ser competitivos y tener los equipos cuanto más arriba mejor dejando de lado a otros jugadores que abandonaran prematuramente el deporte? Este tipo de clubes entran, en muchas ocasiones, en una difícil contradicción. Separan a sus jugadores por niveles argumentando que abogan por una formación más óptima. En realidad, el perjuicio que provocan puede ayudar a que la pirámide del fútbol sea amplia en sus bases pero estrecha a medida que avanzan las categorías, y muchos padres no encuentren en el fútbol aquella aula gigante de valores deportivos que creen buscar.

 

Alberto Martínez

 

 

 

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