Separar a niños y niñas, un paso atrás
16-11-2016

«Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad». Karl A. Menninger.

 

El deporte, fiel reflejo de la sociedad, fue cosa de hombres hasta prácticamente la mitad del pasado siglo, cuando poco a poco la mujer empezó a hacerse un hueco en algunas disciplinas, como atletismo, tenis o natación. Hay deportes más conservadores, de mentalidad cerrada, cuya aceptación del sexo femenino tardó décadas en producirse. Hasta los años 70 no se crearon en España los primeros equipos de fútbol femeninos, que acumulan un atraso de prácticamente ocho décadas con los masculinos, lo que pone palos en las ruedas a su desarrollo por mucho que en los últimos años se haya intentado, más por misericordia que por convicción, apostar desde las federaciones y los clubes profesionales por estas secciones.

 

El fútbol profesional se rige por una lógica del mercado que deja a las mujeres en una posición difícil, desnudas, debido a su poca presencia mediática, su amateurismo y el escaso respaldo institucional, cuyo paraguas federativo y gubernamental está a años luz del privilegio de la masculinidad. El fútbol es un producto y lo que más vende es Barcelona y Real Madrid. Luego asoman a lo lejos el resto de clubes de Primera, los que compiten en las siguientes categorías y, en el último vagón, el fútbol femenino, que sobrevive por vocación, y eso que cada temporada hay más niñas que se aventuran a practicar esta actividad.

 

A diferencia de otros deportes, donde también radican diferencias pero menores, el fútbol convive en una polaridad que no ayuda a mejorar su imagen social y a conseguir esa paridad, fruto también del desconocimiento que se fomenta desde estas altas instancias. Una carrera de natación de hombres es más rápida que una de mujeres, así como un partido de tenis entre Nadal y Djokovic puede ser más veloz y espectacular que otro entre Williams y Muguruza. Incluso, desde otro punto de vista, la elasticidad de una nadadora de sincronizada es más plástica que la de un nadador, simplemente por un aspecto fisiológico. En el fútbol también hay diferencias. No se puede comparar un partido entre los dos mejores equipos masculinos con otro en el que compitan féminas, hay unas distinciones de ritmo evidentes, pero eso no puede generar una disparidad en cuanto a recursos y atención tan gigantesca, como ocurre en el mundo profesional. En otras disciplinas, por ejemplo, este contraste no es tan acentuado, como ocurre en tenis, natación, waterpolo o hockey hierba.

 

Pero, lejos de entrar en profundidad en la salud del fútbol femenino a nivel profesional, queremos poner la lupa en la separación por sexos a una edad muy temprana en las entidades deportivas, una tendencia que cada vez va a más en el fútbol, mientras que va a menos en los centros educativos. Uno de los llamados avances sociales ha sido suprimir la diferenciación entre chicos y chicas en los colegios, utilizar un método inclusivo, lo que elimina desde bien pequeños la educación con unos roles determinados. Se erradican los prototipos y los clichés. Queremos trasladar esta situación, que se creía superada, al fútbol, donde desde hace unos años se está invirtiendo la tendencia y se opta por separar niños y niñas a edades en las que no hay diferencias físicas.

 

Según la normativa de la Federación (aunque varía en cada comunidad autónoma), una chica puede jugar con chicos hasta infantiles (14 años), cuando el desarrollo del cuerpo masculino empieza a crear diferencias físicas que son determinantes en el juego y en el rendimiento. Incluso las diferencias hormonales y la adolescencia aconsejan que se separen ambos sexos a esas edades a causa del mayor grado de intimidad que necesita el jugador, quien afronta de lleno otra etapa evolutiva. Pero la Federación ha creado categorías desde los seis años para que las niñas puedan jugar entre ellas, y los clubes se afanan en formar equipos femeninos en vez de crear diversidad, mezclar, como ocurre en los centros educativos y en todo proceso en el que el aprendizaje es el eje y el motor principal.

 

Ya sea por ímpetu federativo, por petición de los clubes o incluso de ciertos sectores de fútbol femenino que pretenden crear su espacio, lo cierto es que esta decisión no ayuda, desde nuestra modesta opinión, a avanzar socialmente ni a reforzar el fútbol femenino, cuya misión debe ser involucrarse con el masculino en los procesos formativos y no separarse. Esta decisión a los seis u ocho años ya lanza indiscriminadamente el mensaje contrario al de la integración en el deporte, y se vuelve nuevamente a topar en la telaraña de la competitividad, que todo lo atrapa.

 

El boom del fútbol femenino se ha utilizado para crear competiciones paralelas a las masculinas a edades tempranas, separar por sexos rápidamente, no vaya a ser que la integración frene el crecimiento futbolístico de nuestros mejores jugadores. Es conocido, además, los casos en los que las niñas evolucionan más entrenando con niños, debido a que habitualmente hay un nivel más elevado a causa de la mayor cantidad de practicantes. E incluso la diferenciación va a más. Las niñas sí pueden jugar en categorías de niños hasta una edad límite, mientras que los niños no pueden jugar en las ligas femeninas. ¿No es esto crear una diferenciación en la que el fútbol femenino sale perdiendo? ¿Por qué no fomentar hasta esos 13 o 14 años una enseñanza homogénea y no diferenciar ya, desde la base, que los niños juegan con los niños y las niñas con las niñas?

 

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